Miguel Ángel Sintes escribe sobre Toni Vidal

Toni Vidal

Me he vuelto bastante perezoso para comprar libros de fotografía. La falta de espacio que empieza a sufrir la estantería de mi estudio junto al desorden, hacen que los libros, catálogos y folletos de fotografía se amontonen unos encima de otros y que cuando estoy interesado en buscar algún libro nunca lo encuentre (salvo aquellos que por un motivo muy especial se ubican en un altar). ¿Para qué coleccionar fotógrafos que posiblemente nunca vuelva a ver?


Hace ya unos cuantos veranos, una calurosa mañana del mes de agosto paseaba por las níveas callejas del existencialista Sant Lluís, un pequeño pueblo menorquín donde nació la madre de Albert Camús. Con paso cansino intentaba aclimatar mi cuerpo a la presión del nivel del mar, pues llevaba pocas horas en la isla. Las pupilas de mis ojos deberían estar a 22 por la intensa luz que reflejaban las encaladas casas. Entré a comprar la prensa local para ponerme al día de los cotilleos estivales y de pronto los concéntricos circulitos negros que dominan mis ojos se dilataron al instante y no por la diferencia de luz, sino por un libro que estaba en el anaquel y que atrajo poderosamente mi atención. Una fotografía en blanco y negro de un “ullastre” retorcido por la tramontana, bajo un espectacular cielo tormentoso de nubes blancas, grises y negras, ilustraba la portada de un libro que se titulaba “Tot just ahir” de un tal Toni Vidal. Pasado el impacto inicial, me dije, vaya, otro libro de postalitas de Menorca para turistas, (playas, casas de Binibeca, caballos engalanados para las fiestas…..) uno más.

Pero el “ullastre” me invitaba animosamente a coger el libro y curiosearlo. Empecé a ojearlo y a la tercera fotografía ya sabía que iba a echar mano a la cartera y que iba a formar parte de mi biblioteca. ¿Qué había pasado? Toni Vidal hizo que en un breve instante me viniese a la memoria cuando todos los años llegaba el mes de mayo y mi abuela “Nina” bajaba de la parte superior de su armario una desvencijada maleta, la desempolvaba, metía en ella el poco ajuar que utilizaba, la aseguraba con cuerdas y feliz bajaba las escaleras de casa camino de la estación.

Y me hizo recordar los veranos que yo la acompañé. Aquellos vagones de color azul del expreso, sus duros sillones de skay, las fotografías en blanco y negro de variopintas ciudades españolas que decoraban los compartimentos. Y cuando el expreso se ponía en marcha muy lentamente y se iba alejando de la estación de Chamartín. Y a los soldados que partían de permiso y se apostaban en los pasillos junto a sus petates mientras que yo pegaba la nariz al sucio cristal y dejaba que mi cuerpo se acompasase al vaivén que producía el traqueteo del tren. Y a mi abuela que me repeinaba mientras yo esperaba impaciente la llegada del tren a la estación de Francia.

Y me hizo recordar al tío Gabriel, que tenía una pensión en Barcelona, en la calle Renacimiento cerca del Hospital de San Pablo y a la que acudían enfermos y familiares de enfermos que tenían que desplazarse a Barcelona desde Menorca para someterse a operaciones o consultas médicas más complejas. Y la hora de la comida, en la que la mesa parecía una pequeña farmacia donde cada paciente-huésped depositaba encima del mantel sus esperanzas y sus consuelos. Esos manteles que parecían un floreciente jardín de primavera, donde pastillas, comprimidos, píldoras, cápsulas, grageas de numerosos formatos, tamaños y colores se confundían entre los platos, servilletas y cubiertos. Y las gallinas que dormitaban en la terraza de la pensión.

Y me hizo recordar que pasados dos o tres días en Barcelona partíamos en el barco hacia Mahón, ese barco que se asemejaba más a un juguete que a uno de esos lujosos transatlánticos que salían en las películas y que cuando zarpaba del muelle de Barcelona, Colón se despedía con un rollo de papel higiénico en su dedo y múltiples orlas de papel Elefante como cordones umbilicales unían el mar con la tierra, y que dormíamos en una hamaca de madera cubierta por una escasa colchoneta de color verde, situadas en la cubierta del barco, unos años a babor y otros a estribor. Y que cuando empezaba a anochecer, unas lonas atadas a las barandillas nos parapetaban del viento y de la humedad, y que me gustaba ir a la popa del barco y embobarme con la estela de espuma que dejaba iluminada la luna en mitad de la noche.

Y me hizo recordar que a las seis de la mañana empezaba a amanecer y que poco después se divisaba una sombra en la cercana lejanía de las costas de Menorca, y que bastantes minutos después el barco giraba lentamente a la altura de La Mola, dejando a la izquierda la isla del Aire mientras que a la derecha se oteaban las puntas erguidas de los cañones, y que también se podía ver el edificio del penal, que años atrás había sepultado en vida las ilusiones de muchos anarquistas. Y que rápidamente, me desplazaba a la izquierda, donde los torreones destinados antaño a la defensa de la isla me orientaban la vista hacia los cipreses del cementerio de Es Castell en los que reposaban los huesos de mi abuelo. Y los “predios” de “Turó” y de “Binirramet” y los carretones de mis tíos con los que nos desplazábamos entre las rodadas de los caminos de piedra.

Las fotografías de Toni Vidal en un instante trajeron mi infancia a mi memoria.

“Tot just ahir” es un libro muy bien editado por Triangle, y no es un libro más de postales. Recoge el interesante trabajo que desarrolló Toni Vidal en los años sesenta con fotografías en blanco y negro de medio formato. Son fotografías de una técnica exquisita, positivadas por el propio autor con una gran fuerza visual, con unos negros profundos y unos blancos poderosos. Retrata la vida de Menorca cuando se empezaban a escuchar los cantos de sirena del desarrollismo y del turismo, anclada en una estructura semifeudal en el ámbito rural, con una economía de autoabastecimiento familiar. Y lo hace sin caer en el sentimentalismo ni en el manido costumbrismo. Sus fotografías tienen una clara intencionalidad artística, buscando encuadres y composiciones arriesgadas, destacando también sus retratos en los que le preocupa la dignidad del retratado.

Desde hace varios años he “gugleado” a Toni Vidal y la información que había encontrado era muy escasa. Sabía que había nacido en Es Castell en 1934, que vivía en Barcelona y que había sido un retratista reconocido en los ambientes artísticos de la Ciudad Condal (Publio López Mondéjar incluyó un retrato de Salvador Dalí que él había realizado, en la exposición de la Historia de la Fotografía Española).

Este verano el Ayuntamiento de Mahón organizó una exposición de fotografías en color “Vestidos de cebolla” de Toni Vidal. Una tarde me acerqué a verla y me encontré con el fotógrafo en la sala, tras presentarme, le pude dar las gracias por esas noches de melancolía en las que en el estudio de mi casa, junto a un vaso de vino, suena Sodade de Cesárea Evora, y ojeando su libro rememoro mi niñez.

Miguel Ángel Sintes Puertas