Luz oscura

16.04.2010 / 03.06.2010

©MANUEL VILCHES

La exposición “Luz oscura”, que se puede visitar en ASTARTÉ, recoge la producción más reciente del artista extremeño Manuel Vilches, cuya inquietud central sigue indagando en la transformación del espacio a través de la luz y sus implicaciones en un sistema perceptivo que se tambalea ante sus juegos visuales.

La luz, sin oscuridad, no tiene sentido. ¿Podríamos decir entonces que la luz es un concepto relativo? Luz y sombras, verdad y engaño, claridad y tinieblas, presencia y ausencia, forma y color… “luz oscura”. Esta sutil dualidad se convierte en protagonista del último trabajo de Vilches, conformando imágenes entre lo tangible y lo irreal. Aunque la luz y la oscuridad de sus fotografías parecen ciertas, algo resulta inverosímil. Quizás sea la forma de aunar luz diurna y nocturna en una misma imagen la que nos confunde e inquieta desde el mismo momento en que nos dejamos guiar por la razón y no por los sentidos. Desde sus inicios, la producción artística de Vilches, ha mostrado siempre una preferencia por reflexionar acerca de unos conceptos binarios de oposición que, a través de sus imágenes, adquieren ambigüedad y riqueza. En este caso, “Luz oscura” hace referencia a una obviedad tal como que, para existir, la luz necesita de la sombra.

Este nuevo proyecto expositivo mantiene algunas de las constantes de trabajos anteriores como la instalación “La piel habitada” (2006) o la serie “Luz de piel” (2007), en las que se revelan las tensiones surgidas de confrontar la bidimensionalidad pictórica con la tercera dimensión inherente a la arquitectura. Estas situaciones conflictivas que cuestionan la viabilidad de la representación nos incomodan a la vez que provocan a nuestra mirada con el mejor de los reclamos, el de la curiosidad.

Para poder trabajar así la perspectiva, el volumen, la iluminación y el cromatismo de estas imágenes hace falta una destreza con el medio fotográfico que, sin duda, Vilches posee. Como viene siendo habitual en su producción, encontramos fotografías impresas en diferentes soportes como lienzo o papel, sobre las que interviene, ya sea pintando a mano o mediante retoque digital. Sin embargo, ahora más que nunca, su obra se modela con la luz. Esa es su materia prima, un elemento desde siempre atribuido a la pintura. Y es que, aunque arquitectura, pintura y fotografía se hallen estrechamente conectadas entre sí dentro de su trabajo, ante tal contaminación de lenguajes él se considera ante todo pintor.

Y como todo pintor, el trampantojo, el camuflaje y la simulación son parte de su repertorio básico, que aplica sobre unos escenarios muy particulares. La mayor parte de los espacios con los que trabaja de unos años a esta parte son edificios y construcciones inhabitables que suelen
pertenecer a parajes marginales o industriales. Lugares abandonados por el hombre que parecen recuperar una energía vital arrolladora a partir del momento en que el artista los escoge y les proporciona aquella segunda oportunidad que los demás no les quisimos conceder nunca, transformando así espacios inertes en relatos poéticos que no dejan de ser por ello enigmáticos y silenciosos.

Hace tiempo que abandonó los paisajes naturales apacibles que se dejaban ver en alguna de sus primeras series y los sustituyó por estas construcciones deshumanizadas, pero sólo ahora aparecen en su obra fenómenos atmosféricos abruptos directamente extraídos de una tradición romántica profundamente atraída por una naturaleza destructora y cruel. La introducción en sus imágenes de ruinas, mares de hielo o derrumbes suponen una novedad que podría evocar la fuerza del destino o la fugacidad del tiempo, pero por encima de todo eso, en la producción de Vilches prevalece siempre el intento de abrir al máximo las posibilidades de interpretación de la obra a través del incómodo misterio que nos acompaña continuamente en su contemplación.

El hieratismo absoluto y tranquilidad impasible parecen ser valores inmutables en la obra del artista extremeño. En ese sentido, recuerda a algunas imágenes de Caspar David

Friedrich ya que en ambos casos los artistas presentan un mundo detenido, intemporal, y no es casual que Vilches haya introducido en imágenes de su serie “Flatness Hering” (2010) la obra “El mar de hielo” (también llamado “El naufragio de La Esperanza”, 1823-1824) del consaconsagrado pintor alemán. Sus cortantes bloques de hielo se levantan, como una falsa pintura mural, sobre los restos reales de una fábrica textil abandonada, actuando a la vez tanto de artificio o trampa ilusoria como de continuación perspectívica de la verdadera arquitectura.

Como dice Baudelaire, “el artificio no embellece la fealdad, solo puede servir a la belleza”, y estas imágenes en su conjunto representan eso, la belleza calmada y tensa de naturaleza y arquitectura, juntas, fusionadas y artificiosas ante una amenaza de destrucción semejante a la del derrumbamiento y sus ruinas.

Existe una ambigüedad en el concepto de ruinas, un doble filo, ya que pueden verse bien como signo de memoria y resistencia o bien como olvido y declive. Lejana a la visión del esplendor de las ruinas propia de la edad moderna, la ruina del siglo XXI, la ruina industrial, se corresponde con una poética del derrumbe que no nos recuerda un pasado memorable sino que nos avisa de la decadencia presente.

La fábrica abandonada posee el poder dramático de una arqueología industrial, evocadora de los síntomas de parálisis que muestra nuestra sociedad. Es probable que el culto que muestra Vilches a las ruinas de su tiempo sea también, como en el caso del romanticismo, la materialización de una protesta contra su propia época, desprovista de principios. Pero más allá de dar respuestas, estas obras son portadoras de enigmas y evocaciones.

Jennifer Calles.

galeria astarté C/ Monte Esquinza 8 28010. Madrid.

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