Pablo San Juan

Pablo San Juan

“Colección privada”

Inauguración, jueves 3 de Febrero a partir de las 20:00 hrs

Exposición del 4 de Febrero  al 19 de Marzo de 2011

©®Pablo San Juan  Acrílico sobre lienzo. 125x100 cm. 2010

©®Pablo San Juan Acrílico sobre lienzo. 125x100 cm. 2010

El color es una droga, una pérdida de la conciencia, una especie de ceguera —al menos momentánea—. El color requiere, o produce, o quizá sólo es, una pérdida del enfoque, de la identidad, del yo. Una pérdida del entendimiento, un tipo de delirio o de locura, quizá.

David Batchelor, Cromofobia

Quizá sea el color la parte de nuestra infancia que más intensamente perdura en nuestro subconsciente. Los primeros años de nuestra vida componen la etapa más decisiva de nuestro desarrollo como personas, son el ADN externo que marcará el resto de nuestros días. Irónicamente, por otro lado, son las vivencias menos controlables por nosotros mismos debido a la alta dependencia y vulnerabilidad de nuestra supervivencia. Según los grandes avances en neurología y el estudio del funcionamiento del cerebro humano, la intuición, el sentimiento y la emoción tienen por lo menos la misma calidad que el razonamiento. El inconsciente sabe tanto como el consciente. La dificultad del consciente, de aquella parte no intuitiva, es que sólo lo utilizamos cuando disponemos de toda la información.

Aunque pueda producirse al contemplar la obra de Pablo San Juan cierta familiaridad con el entorno conocido, no está originada por referencias a formas y objetos tangibles del presente cotidiano. Diría que nos traslada a una recóndita región de nuestra memoria perdida, localizada en la niñez de cada uno de nosotros. El  subconsciente, siempre incansable, actúa a veces como guardián de valiosos tesoros y otras veces nos muestra los miedos y obsesiones más profundos.

En muchas pinturas de Pablo convive esa extraña sensación de lo racional e irracional de un modo particular. Es una irracionalidad de la infancia, del amor y el asombro con que un niño elige un color y no otro para realizar su dibujo. Aquel rotulador que sujeta entre sus pequeños dedos contiene, de manera mágica e inexplicable, el fluido más maravilloso que haya visto jamás. Es esta inteligencia intuitiva natural de los niños, llena de pasión tranquila, admiración y aprendizaje en cada instante vivido, la que marca la diferencia con la demasiado común irracionalidad adulta. Tan rica y excitante la primera y, desgraciadamente, tan pobre y burda ésta última, que la mayoría de las veces basta para definirla con la palabra “tontería” en los casos en que se hace visible.

Al primer golpe de vista, el conjunto de obras que muestra en esta exposición bajo el título Colección Privada podrían parecernos unos trabajos más medidos y fríos que en series anteriores debido a una mayor utilización de formas y estructuras angulosas. Pero ese posible atisbo de frialdad se disipa de manera inmediata al contemplar de cerca cualquiera de la obras —incluso en esos pequeños formatos realizados a modo de collages mediante adhesivos coloreados— que rápidamente se revelan como pinturas de una profunda delicadeza e intimidad. La exquisitez a la hora de realizar su personal juego con el color no recala simplemente en la admiración de lo agradable. Estamos ante pequeñas piezas preciosistas con una innata comprensión del color y una personal técnica de la no ostentación que acarician con pudor tanto la superficie del lienzo como nuestro interior.

Los “Sin título” que le han acompañado toda su carrera no dejan lugar a dudas de su actitud pura y coherente ante la pintura. El espectador queda a solas ante la imagen sin ayuda donde asirse, ni referencial ni explicativa: se trata al final de obras maquilladas de inocentes colores que dejan resbalar en sus formas cierta obscenidad de la extrema sencillez.  De actitud tímida pero consciente de desnudarse en cada cuadro, Pablo sigue siendo fiel a su manera de entender el medio artístico y, lo que más nos importa, de la manera de abordar la pintura. Su extrema meticulosidad y cuidado a la hora de proceder nos invita a adentrarnos en una pequeña parte de la singularidad donde yace lo universal. Eso sí, siempre que estemos dispuestos a ser íntimos cómplices de su visión solaz de la vida.

Nico Munuera. Valencia, enero de 2011.

Nefertiti no se puede besar

Nefertiti no se puede besar. El azul Klein no se puede tocar. Un Pablo San Juan no se puede comer. Una pena. Así son las piezas de Pablo, de un mimo tal que hasta una oropéndola le dejaría hacer su nido. En sus primeros trabajos, primaba un diseño de una pureza de líneas casi gemológica, de una  levítica sencillez y con certero carácter escultórico. Yo siempre me los imaginé como objetos luminosos. En las últimas piezas prima un dibujo frenético, que ya lo quisieran para sí los primitivos italianos del XX. El aire ahora es más espacial, más arquitectónico, como un Sol… Lo que no ha cambiado ha sido la exquisitez del depósito. Un depósito atemporal, devónico. Una plana y mullida cristalización donde la sobriedad de líneas y la hipnotizante saturación de color van de la mano. En mi pueblo, al agua que se queda estancada en los orificios de los árboles tras la lluvia, se le dice «dormida». Así es para mí la pintura de Pablo, como una bella durmiente en el bosque, a la que no se puede besar.

Santiago Ydáñez, Granada, enero de 2011.

Galería José Robles

C/ Belén nº 2

28004 – Madrid

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